Nadando En Un Mar Muerto



Durante esta cuarentena, escuchamos a nuestros amigos y familiares decir que extrañan la playa, el mar, el calor. Es común escuchar expresiones como: "¡Cuanto daría yo por estar nadando en un arrecife de coral en este momento!". Pero pocos saben que al paso que vamos, podríamos tener océanos vacíos en 30 años, según un estudio publicado en el 2006 por la reconocida revista Science. La principal problemática que enfrentan los océanos y la vida que en ellos habita, es la aparición incontrolada de zonas muertas oceánicas. Son pocos los bañistas que ven la eminente catástrofe que asecha lugares en donde, verano tras verano se refrescan.

Así cómo muchas otras verdades incómodas, las zonas muertas son el resultado de nuestros hábitos de consumo. Pero ¿qué es una zona muerta?, ¿acaso alguien lo sabe?, o peor aún, ¿alguien quiere saberlo?... Según Robert J. Diaz y colaboradores, la concentración de oxígeno en todos los océanos del mundo ha venido disminuyendo, tanto en zonas costeras como en mar adentro. Esta perdida de oxígeno es uno de los cambios que más ha impactado negativamente la biodiversidad de nuestros océanos. Diversos procesos biológicos son afectados por una baja concentración de oxígeno, y esto causa cambios drásticos en la microfauna, los ecosistemas y en el ciclo de nutrientes. Es como si de repente nuestro porcentaje normal de oxígeno en la atmósfera (21%) se redujera significativamente… nos sentiríamos asfixiados y algunos incluso no podríamos sobrevivir en estas condiciones. Esto es por lo que están pasando miles de especies marinas, tanto las que se pescan como las que se respetan.

Pero, ¿qué causa este alarmante fenómeno? Nos encontramos ante dos principales causas de hipoxia en los océanos; la primera es el calentamiento global, ocasionado por gases de efecto invernadero. Este fenómeno provoca una perdida importante de oxígeno tanto en mar adentro, como en zonas costeras. Entre más caliente esté un líquido, menor es su capacidad de retener moléculas de aire. Se estima que la disminución en la solubilidad del oxígeno en los mares representa una perdida total de 15% y puede llegar a ser 50% en los primeros 1000 metros de la superficie. Además, el aumento de la temperatura en los océanos afecta directamente las tasas metabólicas de distintas especies marinas, provocando un mayor consumo de oxígeno por parte de estas. Por otro lado, la segunda causa más importante de hipoxia en nuestros océanos es el enriquecimiento de nutrientes en zonas costeras, o en un lenguaje más técnico, la eutrofización.

La eutrofización ocurre cuando ciertos nutrientes (principalmente fósforo y nitrógeno) mezclados con los desechos de 19 mil millones de pollos, 1,4 mil millones de vacas y 980 millones de cerdos criados para el consumo humano, estimulan el crecimiento de algas marinas, en especial de aquellas que proliferan en la superficie. Con el tiempo las algas crecen tanto, que impiden que la luz solar penetre a las zonas más profundas, y como bien sabemos, sin luz solar no hay fotosíntesis. Poco a poco, los peces y demás especies marinas deben marcharse o morir. La descomposición de los desafortunados individuos que no pudieron mudarse, es producida por microorganismos aeróbicos que, para terminar de empeorar el problema, consumen el poco oxígeno restante de las costas. La hipoxia genera retroalimentaciones conductuales y biogeoquímicas que dificultan el retorno a condiciones normales de oxígeno. Estos bajos niveles pueden perdurar en el tiempo desde 1 minuto a unos varios miles de años, y en el espacio desde unos varios metros cuadrados hasta cientos de kilómetros.

Bueno, ya sabemos que son las zonas muertas oceánicas, pero ¿por qué se producen? Desde mediados del siglo XX, el mar ha perdido el 2% del oxígeno. Parece poco, pero estamos hablando de cerca de 77 mil millones de toneladas métricas de oxígeno perdidas. Además, 500 zonas costeras alrededor del mundo (245,000 Km²) han reportado concentraciones de oxígeno menores a 2 mg por litro (concentración desde la cual se denomina hipoxia). Desde entonces la población humana se ha triplicado, y con ello la producción agrícola para alimentarla y satisfacer la enorme demanda de proteína animal; lo que conlleva a un aumento de cerca 10 veces más el uso de fertilizantes. Por nuestros hábitos de consumo sumado al crecimiento desmesurado de nuestra población, las descargas de nitrógeno provenientes de ríos hacia los mares han aumentado un 43% en tan solo 3 décadas, desde 1970 al año 2000.

Así es, la agricultura animal es la principal responsable del aumento de zonas muertas oceánicas, porque el exceso de nutrientes nitrogenados y fosfatados que llegan a las costas por medio de escorrentías, provienen de fertilizantes utilizados en granjas industriales para la cosecha de forrajes y granos genéticamente modificados, con el único fin de alimentar millones de animales de granja. Otra gran parte de nitratos y fosfatos que llegan a los océanos son producidos por los desechos de estos mismos animales; como bien lo señala una investigación publicada por la Agencia de Protección Ambiental Estadounidense donde se afirma que empresas como Tyson (multinacional de la industria alimentaria), encargada de proveer a empresas como McDonald’s y Walmart, sacrifica 35 millones de pollos y 125 mil cabezas de ganado cada semana; lo cual requiere aproximadamente de 20 mil millones de metros cuadrados de maíz por año”. Nuestro superfluo consumo de proteína animal da como resultado el vertimiento de más de 55 millones de toneladas de estiércol a vías fluviales que finalmente llegan a los océanos.

Así es, Tyson y un par cientos de otras compañías dedicadas a la producción animal están matando nuestros ecosistemas, provocando la desoxigenación de los océanos y consigo la muerte de millones de ejemplares marinos. Todo esto sin mencionar la pesca inescrupulosa que ahora hacemos cotidianamente. Si seguimos así, muy pronto nadaremos en un mar muerto. Pero ¿cómo podemos minimizar nuestro impacto en los océanos? Definitivamente necesitamos de acciones individuales, colectivas y por parte de los gobiernos para devolver el oxígeno a los océanos y revertir estos desastrosos fenómenos. Una gran parte de la solución recae en consumir menos productos de origen animal y en reducir el uso de actividades que requieran la quema innecesaria de combustibles fósiles. Recordemos que las compañías agrícolas cultivan lo que consumimos, y las fábricas de producción animal crían lo que comemos; si cambiamos nuestros hábitos alimenticios y hábitos de consumo, las empresas se verán obligadas a producir lo que demandemos. No dejemos que estas industrias cometan crímenes ambientales en nuestro nombre, condenar a los malos da tan poco resultado como marchar al lado de los buenos. En nuestras manos esta cambiar el destino de nuestro planeta.


¿Qué esperas para evolucionar tus hábitos?


Acerca del Autor: Nicolás Rojas


Medico veterinario en formación de la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales U.D.C.A. Experiencia investigación enfocada al cambio climático y los fenómenos que este causa. Miembro activo en programas de conservación ambiental.

Activista por los derechos de los animales.


Instagram: @lnicorojassl


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Est. 2020

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